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lunes, 5 de junio de 2017

HUELLAS DEL PASADO


Eva paseaba por el mercadillo de la ciudad. Le parecía fascinante. Se podía encontrar desde una plancha de los años 50 hasta fotos de principio de siglo. Tenía ganas de comprar algo que saliera de lo normal para poner en el salón. En ese mismo instante sus ojos se toparon con una maleta antigua. Era de color marrón con tiras de color verde en cuero. Precioso. ¡Ya tenía lo que quería! Preguntó precios y regateó algo, pero estaba convencida de que esa maleta tenía que ser suya. La cogió por las asas de cuero y se fue con cara de felicidad dando un bordeo por todos los puestos mirando a ver si encontraba algo más. Y sí, había muchas cosas, pero que le gustaran como la maleta que llevaba no. Eso era justo lo que necesitaba y ella misma iba a dejarla como fue en un principio, limpia y reluciente.

Llegó a casa y la contemplo en silencio. No le iba a dar mucho trabajo. A lo mejor tendría que cambiar el forro y quizás alguno de los cueros o mejor los dejaría para darle ese aire antiguo. Toco el forro y había sido en su tiempo un buen forro de seda pero tenía que cambiarlo. Lo fue levantando con mucho cuidado, por un lado y por otro. Cuándo tenía todo sacado, vio como un doble fondo de maleta. Una tabla que ocultaba algo. Pensó que estaba de suerte porque iba a descubrir algo interesante y se puso manos a la obra nerviosa. Con un destornillador logró levantar la madera poco a poco y cuál sería su sorpresa que había allí guardadas montones de cartas antiguas. Las contempló pensando que iba a violar un secreto. Cuándo esas cartas se guardaban ahí es que contenían  algo importante. Algo tan importante que había permanecido oculto muchos años. Las cartas eran antiguas, el papel estaba amarillento pero se podían leer perfectamente ya que estaban muy bien guardadas.
Las colocó encima de la mesa. Una por una y se decidió a leerlas. Pasó la tarde leyendo cada una de las cartas.

Eliana y Jácome. Eran los dos protagonistas de dichas cartas. Ambos eran judíos. Se conocían desde niños y no tardaron en darse cuenta de que lo suyo era amor verdadero, por lo que contrajeron matrimonio. Pronto...muy pronto estalló la segunda guerra mundial.Y con ella los horrores. Ellos vieron como les daban a escoger entre su padre y su madre...su hermano o su hermana. Vivieron en primera persona el drama del holocausto nazi. Permanecieron ambos en distintos campos de concentración por muchos años para tanto sufrimiento, demasiadas experiencias y demasiado dolor para resumirlo en unas cartas. Eliana le contaba a Jácome que le quedaban los días contados...había escapado de la muerte muchas veces, quizás  su cara hermosa es la que la había salvado. Pero lo había pagado con vejaciones y violaciones. No se mantenía casi en pie y el no ir a trabajar implicaba la muerte. Jácome le contaba como enterraba a diario cientos de cadáveres y como llevaba a las mujeres y niños a la cámara de gas diciéndoles que iban a la ducha común. El dolor de lo leído era inmenso. Los dos habían querido día a día contar sus experiencias por escrito, para que se supiera del dolor que habían sufrido. Había unas fotos de los dos. Ella era una mujer elegante y bonita,  y llena de salud. El era...un hombre fuerte y guapo. Varonil. Y la vida les había tratado de la peor forma posible. Las cartas terminaban cuándo se reencontraron. Muchos años después de terminar la guerra. Ella había estado buscándolo y él también, pero hasta en eso la vida les había puesto trabas. Se reencontraron siendo ya personas muy adultas. La última carta era de Jácome, donde contaba que había sido de su vida en común. Se habían casado y sido tremendamente felices. No habían tenido hijos...demasiado tarde llegó para ellos eso. Eliana había pasado por tantas vejaciones que no podía engendrar un bebé. Pero eso a él no le importaba. El solo deseaba para el resto de los días que les quedaban a su lado y cuidarla como si de una flor se tratara. La mimó y cumplió todos sus deseos igual que hizo ella. Fue un amor sin fin. Era la última carta de Jácome, en la que explicaba su última etapa de la vida al lado de su gran amor. También decía que la persona que encontrara sus cartas hiciera todo lo posible para que salieran a la luz, y sería una historia más a las que añadir al holocausto nazi. Ellos en vida habían querido olvidar...pasar desapercibidos...pero no querían que la humanidad se olvidara de que el holocausto había existido y muchas personas habían fallecido injustamente de una forma cruel.

Y las cartas....habían caído en las manos de Eva. Famosa escritora.  Con ansiedad pensaba ya en la preparación de su libro y quería contar la historia de esta pareja, su enorme sufrimiento sería añadido a la listas de una de guerras más crueles de la humanidad. Sabía a dónde tenía que llevar sus cartas, las llevaría al centro Simón Wiesenthal. Allí tenían registro de absolutamente todos los nacis que aún permanecían con vida y de sus actividades. En las cartas se nombraban a numerosos criminales de guerra. Se tendría que poner en marcha y comenzaría por desplazarse hasta la biblioteca del centro Simón Wiesenthal que estaba en los Angeles. Ella conocía la historia de Simón Wiesenthal porque era un hombre conocido mundialmente, ya que había permanecido cuatro años en distintos campos de exterminio naci. Y una vez terminada la guerra, lo único que buscaba era encontrar a los asesinos que aún seguían con vida y llevarlos ante la justicia. Tuvo muchos impedimentos para ello, la política llegó a ser en este caso...en vez de una ayuda un estorbo, ya que había muchos políticos que habían conocido de lo allí ocurría y no hicieron nada. Una historia apasionante, como la del matrimonio, y quizás...también algún día tenía que contar su vida. Era un tema del que nunca había hablado en sus libros ya que creía que estaba olvidado, pero estas cartas...habían removido sus sentimientos y sus ganas de mostrar al mundo la vida de Eliane y Jácome.

Quería ir recopilando datos, buscando posibles familiares y amigos del matrimonio. Tenía mucha tarea por delante antes de comenzar con su libro. Estaba ilusionada. Pasó meses haciendo trabajos de investigación y concertando entrevistas con personas que quizás pudieran ayudarla. En las cartas había muchos nombres. Nombres de asesinos. Y lo primero que tenía que hacer era comprobar que todos estuvieran ya muertos. Era una tarea ardua, pero el centro Wiesenthal era de gran ayuda. Tendría que desplazarse a los Angeles para recopilar más datos. Tenía concertada una entrevista con alguien muy importante para sus investigaciones, para dentro de dos meses. Se enteró de muchas cosas que ignoraba y cuánto más sabía más miedo tenía. Sabía que estaba en peligro. No pertenecía al pasado. No era una historia de hace años...era algo que aún hoy en día había algunas organizaciones que seguían manteniendo que no había ocurrido el extermino nazi. El señor Wiesethal había llevado a lo largo de su vida a 1.100 criminales nazis ante la justicia. Pronto podría comprobar si todos los nombres de su lista habían pagado por sus crímenes.

Una mañana en la que estaba trabajando en su ordenador, alguien entró en su casa. Lo hizo meticulosamente sin hacer ni el más mínimo ruido. Eva tenía sus dos ordenadores abiertos y las copias de las cartas las tenía pegadas en un tablón de corcho, con chinchetas agarradas. Era su forma de trabajar. Las originales seguían en su sitio original hasta que las pudiera llevar al centro W. Alguien se acercaba lentamente por detrás, con una aguja en la mano. Ella de pronto, vio el reflejo en su ordenador de una persona detrás de ella. Se  giró bruscamente, pero solo le dio tiempo a verle la cara y recibir un pinchazo en su yugular.

El hombre sabía dónde tenía que buscar y sabía lo que buscaba. Y allí mismo lo encontró. En su sitio original. En la maleta. Eva ya no sería ningún problema para ellos. Nada, ni nadie podía con ellos.


» George Marshall  (1880-1959) Militar y político estadounidense. Jefe Eº Mayor durante la II Gª Mundial.

lunes, 22 de mayo de 2017

JUEGO DESCONOCIDO




“Mi madre siempre me lo había avisado. Existen ciertas cosas a las que nunca una persona debe de jugar. Y yo opte por jugar. ¿Inocencia infantil?...puede ser. ¿Querer saber a qué sabe el riesgo? También puede ser. Insensatez...lo desconocido llama...nombraría tantas cosas que no se cual fue la que me incitó a jugar a ello.

Todo comenzó a la salida del colegio cuándo mis amigas dijeron si jugábamos a la ouija. Teníamos el fin de semana libre, ya que los exámenes  los habíamos terminado y por cierto...con notas muy buenas. Éramos un grupo muy variopinto. Nuestros colores de piel eran lo primero que nos diferenciaba. Pasábamos del negro al blanco dejando por el medio varios tonos. Formábamos una pandilla increíble. Siempre estábamos juntas, éramos inquietas y con ganas de aprender,  pero a la vez con ganas de pasarlo bien.

Esa tarde quedamos en jugar a la ouija al día siguiente. Aminata, de origen senegalés, tenía un tablero que había encontrado a un lado de un contenedor de la basura. Le había llamado la atención porque estaba metido en una bolsa y sobresalía una tabla de madera extraña, que ella jamás había visto. Y decidió llevársela a casa y buscar en internet que podía ser eso. ¡Encontró hasta las instrucciones para jugar! Estaba todo organizado para jugar.

A la hora señalada ahí estábamos las siete aterradas y muertas de miedo, pero con ánimo de comenzar nuestra sesión de espiritismo. Nos sentamos alrededor de la tabla entre risas aterradas e histéricas, pero unas por las otras ahí nos íbamos a meter, en un mundo donde ninguna de nosotras sabíamos las consecuencias. Nos sentamos alrededor del tablero y comenzamos con nuestra experiencia a la que le teníamos respeto y miedo pero no lo suficiente como para parar en ese mismo momento. Colocamos el vaso como Aminata había leído y colocamos nuestros dedos encima después de haber colocado las letras. Las primeras veces nos reíamos sin cesar por que una u otra movíamos el vaso diciendo cosas para asustarnos entre sí. Pero de pronto todo cambió. Las luces de las velas empezaron a oscilar como si alguien soplara. Todas pensábamos que había sido la que teníamos a nuestro lado y Ladi quiso dejar de jugar pero entre todas la convencimos de que era una tontería. De pronto, comenzaron a rodar dos pelotas pequeñas por el suelo y ahí ya entramos presas de pánico. Comenzamos a gritar pero estábamos solas en la casa. No había nadie más y nuestros gritos no llegaban a ninguna parte. Acto seguido, comenzamos a escuchar unos fuertes golpes en las paredes, pero eran tan fuertes que parecía que iban a tirar las paredes. Un frio helado comenzó a recorrer la habitación y una voz de hombre nos comenzó a hablar. Intentamos salir de la habitación pero algo o alguien nos cerraba la puerta y nuestros gritos eran terroríficos. Ainara entro en una crisis de pánico en la que ninguna de nosotros le pudimos ayudar. Ladi se desmayó y yo me oriné del miedo. Todo un caos del que no podíamos salir. Cuándo pensábamos que más miedo no podíamos tener estábamos muy equivocadas. Un viento helado y terrible se adueñó de la habitación. Ainara gritaba que no podía respirar...Ladi estaba tirada en el medio de la habitación sin que ninguna se percatara de ella...Solo podíamos luchar contra nuestro terror...el viento y la voz...que parecía de ultratumba.

De pronto todo se calmó y nos dimos cuenta de la situación. Ayudamos a las que peor estaban y salimos de la casa. Estábamos despeinadas y golpeadas y nuestros semblantes desencajados. Fuimos de la mano por el bosque hasta llegar al camino que nos conducía a nuestras casas. Respiramos aliviadas y nos prometimos no volver a repetir la experiencia nunca más. Pero la vida ya nos había cambiado. Ainara sufrió crisis de pánico a menudo el resto de sus días. Aminata ingreso meses después en un centro de salud mental del que nunca saldría. Y yo...vivo aterrada. No lo logré superar al igual que el resto de mis amigas. Éramos muy jóvenes y el miedo nos paralizó y condicionó nuestras vidas para siempre. Si pudiéramos dar marcha atrás...si supiéramos donde nos metíamos...jamás habríamos tocado aquel tablero. Nuestra vida sigue y....el miedo nos aterra.Lo qué vivimos aquel día...lo seguimos viviendo . Abrimos una puerta al mal y lo dejamos penetrar en nuestras vidas, que se convirtieron en un infierno."


Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único.
Agatha Christie (1891-1976) Novelista inglesa.




domingo, 7 de mayo de 2017

EL KARMA

Ana caminaba de prisa para su trabajo. Se sentó en un banco a atarse los botines y había un sobre. Lo abrió y ponía " Siempre alguien necesita tú ayuda. Ayúdalo. “Arrugó el papel y directamente lo tiró al suelo. Sin más miramientos. Continuó su camino hacia su trabajo y olvidó enseguida la tontería de la ayuda. "El que necesite ayuda que se autoayuda, o acaso no es autosuficiente para hacerlo" fue lo primero que pensó al leer el papel.

El camino hacia la oficina era largo y como hacía un día de sol radiante iba Ana más contenta de lo normal. Se cruzó con un perrito que iba corriendo y lo miró como el que mira a un sillón, sin darle más importancia. Y prosiguió su camino. Al poco rato se cruzó con ella una mujer de mediana edad, iba sofocada y corriendo. Le preguntó si había visto a un perro de color canela de tamaño mediano, que se le había escapado, a lo que Ana contesto secamente que no. ¿Para qué le iba a dar más explicaciones? ¿Para qué le contara su vida? No le interesaba nada. Que corriera detrás de su perro que a ella, poco le importaba.

Cruzó varias calles y al entrar en el parque se encontró con un señor mayor que intentaba agacharse para recoger el bastón que le había caído al suelo. Ana lo miró y giró su rostro hacia otro lado. Así era ella. Sin más explicaciones ni miramientos. "Que lo agarrara bien el bastón veras como no le hubiese caído". Ella siempre encontraba este tipo de explicaciones fáciles y banales.  El abuelo, la miró con ojos tristes, que parecían decirle que quizás...algún día ella se encontraría en la misma situación. Pero ella no perdía el tiempo en tonterías. Atusó su larga melena, agarró su bolso y siguió como si nada hubiera pasado, dejando al abuelo intentando agacharse para recoger su bastón.

De frente venían dos jóvenes que lo habían visto todo. Cuándo se acercaron a ella, uno de ellos le tiró del bolso con tanta fuerza que Ana cayó al suelo y al no soltar el bolso, el joven la fue arrastrando. Sus medias se rompieron e iba sangrando por las rodillas y la cara, pero no soltaba su preciado bolso con  sus pertenencias. Pero llegó un momento en el que el asa se rompió y el joven comenzó a correr con el bolso en la mano. Al llegar a la altura del abuelo, este, que ya había recogido su bastón sin la ayuda de Ana, la emprendió a golpes con el joven mientras pedía auxilio.

Ante los gritos del abuelo, acudió una señora de mediana edad con su perro que a las órdenes de su ama, corrió hacia el joven ladronzuelo y le comenzó a morder el pantalón. El compañero lo dejó solo y se marchó a carreras por el parque, pero este estaba inmovilizado por el perro.

Ana desde la distancia, contemplaba todo lo ocurrido llorando y preguntándose porque la habían ayudado si ella no lo había hecho. Le habían respondido como ella jamás hubiese hecho con ellos. Las lágrimas le caían y se mezclaban con su sangre. Y por primera vez en su vida, se dio cuenta que eran lagrimas sinceras, lagrimas de pena. El abuelo, el perro y la mujer tenían agarrado al muchacho mientras se oían a lo lejos las sirenas de la policía. Ana era incapaz de cesar en su llanto, toda su vida se había comportado de una forma egoísta y hoy le habían demostrado que la bondad existe.

Haz bien y no mires a quién.

lunes, 24 de abril de 2017

MI HERMANO


Mis padres tuvieron tres hijos, mi hermano  yo, y una chica que se murió a los poquitos días de  nacer. Mis padres pasaron años muy abatidos por la muerte de mi hermana, pues aunque solo pasó diez días con ellos, era su hija deseada. Su pequeña niña como ellos la describían. Sin saber cómo iba a ser o si tan siquiera los iba a querer. Pero ya ponían barreras entre mi hermano y yo. Y nosotros ya no las necesitábamos porque éramos el blanco y el negro. Pero aún así no dejaba de ser mi hermano. Y siempre lo sería pasara lo que pasara. Y...pasó lo que pasó.

 Mi hermano holgazaneaba cuánto quería mientras mis padres seguían manteniéndolo, mientras yo ya estaba trabajando. Llevaba muchos años en ello ya que mis padres no podían permitirse el lujo de mandarnos a la universidad. Yo intentaba trabajar y ahorrar algo para independizarme ya que tenía novia desde hacía unos años y queríamos casarnos. Yo seguía viviendo con mis padres y hermano, pero daba parte de mi sueldo a mi madre, mientras ella se lo daba a mi hermano para que lo gastara en bebido o en lo que le diera la gana. Mi padre decía que a mi eso no debería de importarme, ya que yo el dinero se lo daba a mi madre y ella hacía lo que creía más conveniente con él.

Hasta que un día decidí abandonar la casa de mis padres para irme a vivir solo, y así no entregarle el dinero a mi hermano, ya que en esa situación jamás buscaría donde trabajar.

Comencé a vivir solo y feliz. Mi novia venía cuándo quería y yo estaba tranquilo, sin los grandes follones que en mi casa siempre había. Vivíamos en un pueblo pequeño, donde todo se sabe y todo se comenta. Y...los comentarios comenzaron a llegarme. Mi hermano se acostaba con mi novia. Yo no hacía caso porque era impensable. Ella jamás aceptaría a un borracho por amante. Pero cuán equivocado estaba...era cierto y muy cierto. Llevaban ocultándomelo unos meses, y mis padres estaban al tanto de todo, pero supongo que seguirían lamentándose por la muerte de su pequeña y adorada hija sin importarles nada de lo que ocurría a su alrededor.

Juré ese mismo día que no quería volver a ver a ninguno de ellos. Y ese mismo día escribí una carta para mi hermano y mis padres. Les decía que jamás lo olvidaría y que no quería volver a verlos a mi lado. Quizás algún día estaría en predisposición de perdonarlos, pero jamás de olvidar lo que había ocurrido. Si en cualquier momento me ponía enfermo o fallecía no quería que ninguno de ellos acudiera a verme, ni vivo ni muerto. Ya que cuándo me hicieron falta no habían sabido estar a la altura. Cerré la carta y se la entregué a mi mejor amigo, diciéndole que en caso de que algún día me pasara algo se la diera a cualquiera de ellos.

Y la vida me sorprendió. Ese mismo día, al salir de mi trabajo tuve un accidente de coche. Mi amigo cumplió su palabra y nadie acudió a verme ni a cuidarme. Y yo....estaba feliz. Quién no había llorado por lo que estaba ocurriendo que no llorara ahora tampoco por mí. Sus lágrimas ya no me hacían falta, ni su compasión. La vida me había hecho fuerte o débil, no lo se...pero que no los necesitaba, eso si lo sabía.


  • Ningún amigo como un hermano; ningún enemigo como un hermano. -Proverbio

martes, 18 de abril de 2017

EL NIÑO ASESINO


El inspector contemplaba el cuerpo inerte de la joven. Permanecía acostada en la cama, cuán una frágil muñeca. Tenía un rictus de dolor en su rostro, y el pelo negro como el azabache, alborotado. Era de una belleza que impresionaba, aún después de muerta. Delgada, casi podía decirse que extremadamente delgada. Sus dedos eran largos y huesudos. En uno de ellos llevaba una alianza y en la otra mano llevaba un brillante del tamaño de un garbanzo. Lo más curioso era contemplar la escena que presentaba la habitación. Todo estaba pulcramente arreglado y limpio, nada revuelto, sin embargo al inspector le daba la sensación de que en la habitación había ocurrido algo.

Se puso los guantes y comenzó a inspección detalladamente la habitación y después a la fallecida. No encontraba nada inusual que le hiciera pensar que había sido alguna causa natural... Sin embargo, algo le decía que en esa habitación había ocurrido  algo extraño. Su instinto le decía que debería de investigar en profundidad y algo encontraría.

Se acercó al salón de la casa, donde estaban el hijo pequeño y el marido de la difunta. El hombre tenía a su hijo en brazos, acurrucado, como si de un bebé se tratase. Los dos tenían los ojos llorosos y parecía que el dolor era real, Pero había otra vez algo, que volvía a descolocar al inspector. Se acercó al niño y se sentó a su lado. El padre, le limpió las lágrimas y le dijo que se fuera a su habitación. El niño abandonó la habitación no sin antes, lanzar una mirada de odio al inspector, cosa que para él no pasó desapercibida. Le preguntó qué había ocurrido, a lo que él contestó, que cuándo llegó de trabajar se encontró con su mujer muerta en la habitación. Cuándo iba a comentarle que quería hablar con su hijo para que le dijera si había visto algo, entró el forense en el salón y comentó que había que hacer una autopsia, pero que a la mujer le había dado un infarto. El dueño de la casa les pidió respeto y si podían abandonar el domicilio para poder llorar a su mujer con su hijo sin extraños por el medio. Todos comenzaron a realizar su trabajo y pronto la casa quedó vacía y en silencio.

El hombre llamó al hijo. El niño se acercó a las escaleras y se quedó mirando a su padre desde arriba. El hombre lo miró y le dijo que bajara. El fue bajando lentamente las escaleras mientras el padre lo miraba. Se notaba mucha tensión en el ambiente e incluso miedo por parte del progenitor. El padre le gritó que había pasado con su madre. El niño contestó que por fin lo había conseguido. Les había dicho que los mataría y ya había matado a su madre. Ahora solo faltaba él. Y sacó de su bolsillo trasero un cuchillo de grandes dimensiones. El padre aterrorizado se levantó y quiso comenzar a correr hacia el niño con las mismas intenciones que él crio tenía. Pero no le dio tiempo. Cayó desvanecido en el suelo. Le estaba dando un infarto y le pidió a su hijo la pastilla. El niño permaneció a su lado, mirándolo, con cara de oído y enseñándole el cuchillo y pasándoselo por la garganta.

- Igual que tú murió ella.

El padre gritó de dolor y tardo instantes en morir.

Mientras el niño contemplaba la escena y cogía el teléfono para llamar a la policía, y llorando dijo que su padre acababa de fallecer en las mismas circunstancias que su mamá, y los dos con pocas horas de diferencia.

Después se secó las lágrimas ficticias y se acostó al lado de su padre en el suelo y rompió en una tremenda carcajada.

La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad.
Joseph Conrad (1857-1924) Novelista británico de origen polaco.